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Cresta Salenques – Tempestades al Aneto, todo un verdadero reto.

Las actividades de montaña siempre han estado presentes en mi vida. Y también en la de mis hijos desde que pudieron calzarse las botas. Me incluyo entre los afortunados que comparten aficiones en familia porque cada verano y cada invierno la montaña forma una parte importante de nuestro tiempo libre. Actividades sencillas al principio, disfrutando con la mirada de las montañas inmensas del Pirineo, para luego avanzar en esfuerzo y dificultad trepando sobre ellas. Aspirando a retos mayores pronto me he dado cuenta de que la seguridad ocupa el primer lugar en la lista de prioridades. Y así llegamos a la más reciente aventura, la que hemos disfrutado mi hijo y yo magnificamente guiados por Chema, nuestra garantía de seguridad. Todo comenzó hace un año en el Valle de Benasque, en la zona de escalada deportiva de Sacs. Allí, escalando, coincidimos con Toño, que se presentó como guía de montaña. Eso encendió en mí una chispa, apenas un esbozo de lo que más tarde se fue convirtiendo en una idea cada vez más firme. Se trataba de un reto, tanto más atrayente en cuanto que difícil. Me informé, leí, pregunté… pero ya lo tenía claro y el proyecto tomó nombre: la Cresta de Salenques. Toño nos dirigió a Chema e inmediatamente establecimos contacto con él e intercambiamos datos para verificar la posibilidad de afrontar el reto. Esto significa que es imprescindible tener suficiente experiencia previa para asegurar unas buenas capacidades en alta montaña. Un guía nos va a resolver la parte técnica: encordamiento y fijaciones de seguridad, y nos va a dirigir por la ruta, pero si no respondemos al esfuerzo de la escalada con agilidad ponemos en riesgo a todo el equipo.


Habíamos establecido el margen de fechas en el que nos podíamos mover, entre la última semana de junio y la primera de julio. Solo faltaba fijar los días concretos para la travesía pero las condiciones meteorológicas estaban siendo muy variables, frecuentemente con riesgo de tormentas. Pendientes a diario de los pronósticos, por fin encontramos un hueco con ciertas garantías de buen tiempo, justo a finales de junio. Sin más demora nos plantamos en Benasque para vernos con Chema y poner en común el plan de la actividad. Se trataría de dos jornadas. La primera comprendería la marcha de aproximación por la mañana, y por la tarde acometeríamos la cresta desde el collado de Salenques, pasando por el Gendarme Blanco y la Torre de Salenques hasta el pico Margalida donde haríamos vivac. Ya en la segunda jornada continuaríamos pasando el pico Tempestades, la brecha, la Espalda del Aneto y, finalmente, hasta el propio Aneto, de donde bajaríamos de nuevo hacía Aigualluts.


Si bien este planteamiento nos permitía un mayor margen horario y disfrutar de un vivac a más de 3200m de altura en una especie de nido de águilas, con las estrellas brillando de un modo que no habíamos visto antes, sin embargo nos obligaba a cargar con mayor peso en las mochilas en forma de mayores raciones de comida y agua, y el equipamiento para pasar la noche: saco, funda vivac y esterillas. Pero la fantástica experiencia de la contemplación de las estrellas y la llegada del amanecer justificaba de sobra el esfuerzo.
Una vez establecido el plan ya solo queda descansar tranquilamente la noche previa, a pesar del inevitable nerviosismo que nos dificulta coger el sueño. Por fin, ya al día siguiente y sin madrugar demasiado, empezamos con un buen desayuno en previsión de lo que nos espera y repasamos a conciencia las mochilas para evitar cualquier olvido que podría ser fatal. En primer lugar, formando un cilindro hueco en el interior de la mochila, la esterilla aislante. En el hueco formado vamos revisando el material: saco de dormir, funda vivac, camiseta térmica, forro polar y cortavientos. Comprobamos la comida y el agua, casi dos litros. Añadimos guantes, buff, gafas de sol, gorro, frontales, un pequeño botiquín y crema de sol. También verificamos el arnés, el casco, los crampones y el piolet. Todo listo, es el momento de salir al encuentro con Chema y dirigirnos al inicio de la ruta, el aparcamiento del Vado en las proximidades de los Llanos del Hospital.
Ha amanecido soleado con apenas algunas nubes. Comenzamos a andar con unas mochilas que rondan los 10kg y con la mirada puesta en la cresta que ya se atisba desde Aigualluts. Cruzamos este idílico llano surcado por el Esera, un arroyo aquí engañosamente perezoso que baja del glaciar del Aneto, y nos dirigimos a la entrada de Barrancs. Traspasando esta especie de portal nos encontramos de frente con el lado salvaje del Pirineo. El arroyo es ahora una sucesión de cascadas estruendosas golpeando con una fuerza irresistible el mar de rocas en que se ha convertido el valle. Ascendemos por la ribera derecha de la corriente, por un sendero a tramos reconocible, hasta llegar a las proximidades de un resalte que nos indica el cambio de vertiente. Cruzamos el arroyo saltando sobre varias rocas y ascendemos el resalte hasta llegar a la pleta, un llano que nos permite un ligero descanso y desde el que vemos el falso collado, previo al todavía lejano collado de Salenques. Traspasamos el falso collado ya pisando el primer nevero y tras un corto descenso vemos a nuestra izquierda el triángulo perfecto del ibón de Barrancs. En este punto cargamos agua de un pequeño arroyo del deshielo, nos calzamos los crampones y nos ponemos los cascos. Las últimas nevadas de mayo han convertido todo el resto del valle, desde la cota 2400 donde estamos hasta el propio collado a más de 2800, en un manto blanco. La progresión sobre la nieve resulta más cómoda aunque la pendiente va incrementándose y con ello el esfuerzo. Finalmente alcanzamos el hombro derecho del collado y nos encaramamos a la cresta ya libre de nieve. Es hora de sacar los arneses y la cuerda y prepararnos para la progresión sobre la cresta.

Formamos una cordada de tres en ensamble corto o medio según los tramos, con Chema delante, yo en medio y mi hijo cerrando el grupo. Nudos de ocho en los cabos de cuerda y un pescador en cuerda doble para mí. Chema con el sobrante de cuerda perfectamente enrollado y bien sujeto para graduar la separación, equipado con friends, fisureros y una buena colección de cintas, material que en esta primera parte no va a ser necesario, bastará con mantener cierta tensión en la cuerda y jugar con los seguros que nos ofrece el propio terreno: cuernos de roca, grietas o puntas por donde pasar la cuerda para seguridad de toda la cordada. Avanzamos con decisión y, como los tres somos de carácter frugal, apenas paramos a tomar agua o alguna barrita energética. El tramo se presenta bastante fácil de momento, sin más complicaciones que las propias de un terreno de rocas descompuestas, cuidando de no pisar en falso y de no provocar desprendimientos. Tras algunas trepadas y destrepes alcanzamos la pared fisurada que acomete Chema en primer lugar colocando varios seguros hasta la reunión. Continúo yo cambiando la cuerda al paso de los seguros y luego mi hijo recuperando el material. A partir de aquí aumenta la verticalidad y la exposición y será habitual ir colocando friends y fisureros pero sin necesidad de montar reuniones. Ya inmersos en la grandiosidad de la cresta somos conscientes de la labor de Chema como guía. No es nada fácil orientarse por los múltiples recovecos que aparecen en cada momento y elegir los pasos adecuados. No se trata de rehuir las dificultades sino de elegir las mejores opciones para nuestro avance. Tampoco nos obsesionamos con el filo de la cresta y disfrutamos mucho más con los largos de escalada, principalmente por canales o chimeneas, que le da un plus de exigencia técnica a la ruta. Las horas pasan y nos vamos aproximando al Margalida, lugar previsto para montar el vivac. Una última dificultad nos separa, un bonito largo de 40 metros de escalada por una sucesión de chimeneas alternando pasos de IV y V, algunos bastante atléticos con ligero desplome. Y con la satisfacción de haberlo superado llegamos a una pequeña terraza, abierta hacia el Norte pero bien protegida del viento, a más de 3200m.

Bien asegurados a un cuerno de roca nos metemos en los sacos y tomamos unos bocados de las provisiones. La noche cae pronto y las estrellas empiezan a brillar con intensidad. Apenas reconozco alguna constelación pero hay que cerrar los ojos e intentar dormir, o por lo menos, descansar. En cuanto amanece nos ponemos en pie, no tanto por las prisas o por el frio sino por librarnos de las lacerantes piedras clavándose en la espalda. El día pinta bien. Algo de bruma por el horizonte pero ya se percibe que disfrutaremos del sol. Nos ponemos en marcha con cuidado, el cuerpo algo torpe todavía pero entrando en calor poco a poco. Lo primero es retomar la ruta desde la cumbre del Margalida pasando a la vertiente del valle de Salenques, lo que nos permite contemplar otra importante cresta, la de los Russell. Ya en el Margalida continuamos la ruta esta vez por el filo de la cresta hasta el pico Tempestades.

Es un tramo aéreo pero sencillo que nos permite avanzar con rapidez. Pasado el Tempestades llegamos a la brecha del mismo nombre que afrontamos directamente con un rapel de unos 20m. La alternativa es un destrepe por el lado izquierdo, pero Chema monta en unos instantes los seguros sobre tres cintas existentes en un cuerno de roca y en pocos minutos estamos los tres al fondo de la brecha. Comenzamos la ascensión del lado opuesto con tendencia a la izquierda, por la vertiente de Llosas, evitando por ganar rapidez la subida a la Espalda del Aneto. Sin embargo ello nos conduce a una sucesión de pasos, en algún caso algo complicados, que vamos superando poco a poco. Nos encontramos de nuevo en un terreno muy descompuesto, con rocas que caen ante el menor roce por lo que toda precaución es poca. Pero, de repente, en lo más delicado de un paso, me encuentro cayendo de espaldas junto con la roca a la que me he cogido. Todavía no sé cómo consigo soltar rápidamente la losa que se desprendía para cogerme de otras presas más seguras. La losa queda anclada, medio inclinada, y yo salvo la situación sin más que un pequeño susto. A partir de ahí conviene ascender de nuevo al filo de la cresta. Hemos superado el tramo de la Espalda del Aneto y a punto de coronar nos encontramos con un nevero de gran pendiente.

Haciendo uso del piolet y asegurados por Chema lo superamos sin dificultad, ya con la confianza de tener la cumbre a poca distancia. Así es, apenas unas trepadas por un terreno que se descompone con cada pisada, ganando metro a metro finalmente alcanzamos la cresta que ahora es casi una autopista, y de ahí a la cumbre del Aneto con la euforia de ver la meta al alcance de la mano. Alegría, abrazos y fotos, todo nos parece poco para celebrar el logro. Nos permitimos un descanso más largo mientras comemos, ya esta vez con tranquilidad, para recuperar fuerzas para el descenso.
Como siempre, junto a la sensación de triunfo aparece también la de cierta nostalgia por la
finalización de otro reto más. Lo que me lleva a preguntarme, ¿me importa la acumulación de
cumbres, de ascensiones, de retos? ¿O más bien lo que me estimula y lo verdaderamente gratificante es todo el proceso previo? La preparación, los planes, el estudio de la ruta, el análisis de las dificultades, el propio desempeño en los pasos clave y la superación de las dificultades hasta la meta. Todo ese camino es el que queda grabado en nuestra mente, dejando señales evidentes en nuestra piel. Y eso es lo que nos hará volver.

Aquí os de la actividad: https://pirineosconguia.com/excursiones/ruta-salenques-tempestades-al-aneto-una-odisea-de-altura-en-la-cresta-del-pirineo/

Daniel Abad Morales

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